¿El Premio Nobel de la Paz para Garzón?
Por Martín Lozada
La Asociación Latinoamericana de Derechos Humanos
con sede en Quito, Ecuador, presentó recientemente al
Comité de Oslo la candidatura de Baltasar Garzón al
Premio Nobel de la Paz 2002.
Lo hizo tras considerar que desde el ámbito de la
Justicia española ha sentado un precedente histórico
en la lucha contra la impunidad, la defensa de los
derechos humanos y en favor del establecimiento de la
Corte Penal Internacional. Y debido a que,
fundamentalmente, el procesamiento y detención de los
responsables de crímenes de lesa humanidad en América
Latina marca un hito, tanto en la consolidación de la
justicia, así como también en lo que se refiere al
derecho de la sociedad a conocer la verdad sobre su
pasado histórico.
La presentación afirma, además, que de tal modo ha
dejado en claro ante el mundo que las dictaduras
latinoamericanas han cometido crímenes contra la
humanidad imprescriptibles y sobre los cuales rige la
jurisdicción universal. En suma, que otorgar este
premio a Baltasar Garzón será sin duda un estímulo
para todos los defensores de los derechos humanos que
en diferentes lugares del mundo, día a día, trabajan
por la paz, edificada desde la justicia y la verdad.
Baltasar Garzón nació hace 46 años en la localidad
jienense de Torres. Su padre, gasolinero, quiso que su
hijo cursara estudios superiores a fin de mejorar sus
horizontes personales. Una vez que finalizó el
bachillerato pasó por diversos seminarios durante seis
años y estuvo a punto estuvo de ordenarse sacerdote,
pero a última hora prefirió matricularse en la
Facultad de Derecho de la Universidad de Sevilla.
En la actualidad lleva más de veinte años en el
ejercicio de la magistratura y más de doce tratando
temas de terrorismo, tráfico de drogas, crimen
organizado y violaciones a los derechos humanos. Desde
su función judicial ha impulsado de un modo
determinante la puesta en práctica del derecho
internacional de los derechos humanos y promovido
especialmente la lucha contra distintas formas de
corrupción: narcotráfico, blanqueo de capitales,
tráfico de influencias y enriquecimiento ilícito.
Pero si además debía demostrar su claridad
intelectual, los acontecimientos del presente le han
permitido hacerlo con brillo y valentía. Refiriéndose
a la actual iniciativa antiterrorista ha subrayado que
asistimos a la consolidación pública de los "espacios
sin derecho", y a la consiguiente marginación de los
tribunales de Justicia en cuestiones de terrorismo y
crímenes de guerra. Y que en este ambiente de
deliberada confusión entre la guerra y la paz, la
"guerra sucia" emprendida contra el terrorismo hace
cada vez más imperceptible la diferencia ética y moral
entre los bandos.
Así, ha saludablemente recordado algunas de las muy
elementales bases de la convivencia ordenada conforme
al derecho. Esto es, que los guerrilleros,
paramilitares o soldados y sus superiores -incluidos
los políticos- que, en un conflicto armado
internacional o interno, matan o torturan al enemigo
herido o prisionero, o a civiles, o destruyen o se
apropian de sus bienes sin justificación militar, o no
les proporcionan un juicio justo, o no respetan, en
general, las normas básicas del Derecho Internacional
Humanitario, no son terroristas sino criminales de
guerra, y como tales deben ser juzgados y condenados.
Y que quienes, sin embargo, con independencia de su
denominación, matan, torturan, secuestran o realizan
hechos similares para sembrar el terror en un sector
de la población en tiempo de paz -cuando no existe un
conflicto armado internacional o interno- actuando,
generalmente, al servicio de una organización o de sus
fines políticos, son simplemente terroristas, y como
tales deben ser objeto de persecución y castigo
judicial.
No obstante, a veces, tanto una clase de criminales
como la otra sobrepasan el límite perverso de sus
respectivos crímenes, imprimiéndoles una dimensión
masiva, sistemática. Se convierten, entonces, en
responsables de crímenes contra la humanidad y no de
guerra o terroristas, debiendo igualmente ser juzgados
y condenados.
Este discurso, afirma el candidato al Premio Nobel de
la Paz, no admite trampas interesadas: la
reivindicación de límites éticos y morales al poder de
la voluntad y, por lo tanto, de la supremacía del
derecho, no puede ser parcial, de forma que sólo
afecte a unos, pero no a otros. Y ha señalado con
coraje que lamentablemente los vientos no soplan en
esta dirección. No ya en los propios Estados Unidos,
en donde la coartada del "eje del mal" parece
justificarlo todo, sino también en el ámbito de su
civilizada Europa.
La candidatura de Baltasar Garzón, por último, anima y
estimula a todos los miembros de la corporación
judicial, pues desde su seno el magistrado a cargo del
Juzgado Central de Instrucción número 5 de Madrid se
ha proyectado al mundo con un mensaje de trabajo
sostenido y con una clara vocación jurídica y
humanitaria.