BODAS DE ORO  -  EGRESADOS 1951

Ex  ESCUELA SUPERIOR DE COMERCIO de RAMOS MEJIA

Los laureles no son eternos 

Alguien ha dicho que envejecer es la única manera de vivir mucho tiempo. Agreguemos, que es también, una forma de gastar el patrimonio de ilusiones que cada uno trajo al mundo.

 

Los argentinos, sabemos además que no existe geografía más propicia para matar las ilusiones (y también las esperanzas), que este maravilloso rincón austral, donde hemos nacido, y donde seguramente terminaremos nuestra tarea.

 

Sin entrar a dilucidar si somos esperanzados o desesperados, reconozcamos que, con motivos, nos hemos hecho desconfiados. Cada uno maneja sus desconfianzas, según el equipaje que lleva, pero casi todos los mayores –para usar un término suave- tenemos un desván donde hemos archivado lo que no sirve.

 

De mi desván, he desempolvado algunos de esos trastos, y los he reinstalado, no en el mismo lugar que estaban hace cincuenta años, pero sí cerca de mí, como cosas que son importantes aunque no sean útiles. No fue una catarsis solitaria. Lo hice en compañía de más de ciento sesenta personas que también ordenaron su altillo.

 

Fue el sábado primero de diciembre del dos mil uno, una mañana de esas en que Dios es argentino, frente a un edificio que tuvo una vez el nombre de Escuela Superior de Comercio de Ramos Mejía, un rector tan ampuloso como el mismo nombre del colegio, y por Directora a la misteriosa Zoraida J. de Vélez.

 

Mucho antes de las nueve, una compacta reunión de estudiantes (los que lo son, los que lo fueron antes) esperaba en la puerta. No tenían melenas, a lo sumo, peluquín. Tampoco jeans, ni conversación estentórea que hubiera pulverizado los audífonos. Muchos con saco, pulcros, discretos, casi británicos con la mística arcaica de que se debe llegar a hora y es mejor un rato antes. Como repiten los jóvenes: “al pedo, pero temprano”.

 

Cada minuto los que ya estaban, intentaban descifrar la cara del recién llegado, éste hacía lo mismo con los presentes, desconcertado por la variedad. Caras marcadas. Por risas, por llantos, por abandonos, por desencantos, por esperas infructuosas, por palabras mal dichas, por palabras calladas, por conductas de grandeza, por actos miserables. Pero por encima de todo, porque en el umbral de los setenta, cada uno ya sabe quien es.

 

Yo llegué con desconfianza. Estoy seguro que todos los otros también. Al estacionar ya desconfiaba del policía aburrido que subrepticiamente me pudiera hacer una boleta y por supuesto desconfié que mi a regreso no encontrara el auto. Desconfié al cruzar la calle a pesar del semáforo protector, desconfié que el acto de la promoción de 1951, se hubiera suspendido, o que los directivos de la Escuela nos echaran a los diez minutos para ir a poner su asado en la parrilla.

 

Un detractor de Sarmiento ha dicho que los argentinos le debemos dos plagas: los gorriones y las maestras normales. Sin llegar a estos extremos tengo dos terrores recurrentes: el geriátrico y los discursos de las directoras de escuela. Ese fue uno de los trastos recuperados y la superación de un prejuicio. Y los otros?

 

Si le digo que volvimos a ahogarnos de emoción cantando el himno. Si le cuento que con lágrimas en los ojos, desafinamos Aurora. Que nos pusieron una abanderada y una escolta de lujo; que una Directora joven y linda nos recibió con un mensaje inteligente, que un compañero con más bigotes que pelo elaboró un discurso gracioso pero profundo, y que él... y que la... y que los..

 

La descripción me excede. Con calidez, lo dijo la Sra. Directora: las emociones, los sentimientos, no pueden describirse. Y yo añado: menos aún, escribirlos.

 

Fue un salón lleno, una fiesta, una experiencia –en palabras de un infiltrado en la Patagonia- única e irrepetible. Cuando parecía imposible, cuando la desconfianza era la única razón, el último refugio, mientras afuera las facciones seguían su tarea suicida; en un rincón de Ramos Mejía, un grupo de argentinos en comunión laica, volvió a los orígenes: todas las edades, todas las escalas sociales, los padres, la escuela, los maestros, la Patria en fin. La Patria concreta de un pedazo de tierra, de un banco que tallamos hace cincuenta años con el nombre de la compañerita de la tarde. Esa Patria que hace que sus símbolos valgan algo más que un cartón pintado.

 

A pesar del himno, los laureles no son eternos, hay que fabricarlos todos los días. Lo que sí es eterno es el desván. Y también el rinconcito iluminado que todos tenemos adentro. Ese donde está escrito: “todavía se puede”.

 

Héctor Colombo