Carter, Cuba y el Proyecto Varela
Por Andrés Oppenheimer
Esta vez, Fidel Castro debe ser aplaudido. En un
discurso a principios de la semana pasada, el
gobernante cubano dijo que estaba dispuesto a invitar
al ex presidente de Estados Unidos Jimmy Carter a que
se dirija al pueblo cubano en la Plaza de la
Revolución de La Habana durante su visita a Cuba el
mes próximo.
"Queremos que vea nuestro país", dijo Castro el martes
pasado. "Si lo desea, le llenamos la Plaza de la
Revolución para que él haga todas las críticas que
quiera hacer, porque nosotros estamos tan persuadidos
de la fortaleza moral, ética, ideológica, política y
humana de nuestra revolución"".
¡Qué bueno! Si realmente es así, Carter -la figura
estadounidense más importante que visitará la isla
desde 1959- debería aprovechar la oportunidad y hablar
en la Plaza de la Revolución, asegurándose de que sus
palabras sean trasmitidas en directo por la televisión
cubana. Sería algo que ningún norteamericano ni ningún
político cubano independiente ha podido hacer durante
las últimas cuatro décadas de régimen policíaco en
Cuba.
Por supuesto, es muy poco probable que Castro permita
eso. Si Castro estuviera tan convencido de la
"fortaleza política" de su régimen, hace tiempo que
hubiera permitido la libertad de expresión. Y si
Castro estuviera convencido de que tiene el apoyo de
la mayoría de los cubanos, hace tiempo que hubiera
permitido elecciones libres en la isla.
Pero si Carter tiene la oportunidad de aparecer,
aunque sólo sea por un minuto, en la televisión
cubana, tendría una oportunidad única para acelerar
una apertura del sistema político cubano.
¿Qué podría hacer Carter para lograr eso? Según un
creciente número de disidentes cubanos en la isla y
observadores moderados en Estados Unidos, lo único que
tendría que hacer para cementar su lugar en la
historia como el hombre que puso la defensa de los
derechos humanos en la agenda política mundial sería
pronunciar dos palabras en la televisión estatal
cubana: "Proyecto Varela".
El Proyecto Varela, llamado así en memoria de un
sacerdote cubano del siglo XIX convertido en héroe
nacional, es un plan -aparentemente exitoso- de los
líderes de la disidencia pacífica interna para lograr
las 10.000 firmas exigidas por la Constitución cubana
para llevar a cabo un referéndum nacional.
A principios de año, los líderes disidentes de la isla
anunciaron que habían juntado los 10.000 nombres, y
que los harán públicos apenas terminen el proceso de
verificación de la autenticidad de las firmas. La
petición pide a la Asamblea Nacional de Cuba llevar a
cabo un referéndum sobre la libertad de prensa, el
derecho de todo cubano a iniciar una empresa comercial
y la necesidad de modificar las leyes electorales.
Varios exiliados de línea dura en Miami se oponen al
Proyecto Varela, en parte porque muchos de sus
organizadores de Cuba se oponen al embargo comercial
de Estados Unidos a la isla. Los críticos del proyecto
señalan también que es un error aceptar las reglas de
juego de la Constitución castrista, porque éstas
fueron escritas precisamente para evitar cualquier
cambio político.
Pero la historia reciente de Latinoamérica muestra que
-como ocurrió con el referéndum de 1988 contra el
dictador chileno Augusto Pinochet y las elecciones
nicaragüenses que terminaron con el régimen sandinista
en 1990- muchos defensores de la línea dura se
equivocan. En la mayoría de los casos, la mejor forma
-y a veces la única- de derribar una dictadura es
aprovechando cualquier rendija legal que pueda servir
para producir un cambio político.
Desafortunadamente, la mayoría de los cubanos de la
isla no sabe nada sobre el Proyecto Varela debido a la
censura total del régimen castrista. Por eso Carter
podría jugar un rol clave si, en lugar de hacer
referencias generales sobre la necesidad de respetar
los derechos humanos en Cuba, menciona específicamente
el Proyecto Varela, con todas sus letras, en la
televisión cubana.
¿Lo hará? No lo sé, pero no puede descartarse. En una
entrevista telefónica con Carter hace dos años, me
dijo que "deberíamos hacer presión por la democracia
en Cuba, pero no creo que debamos supeditar el
levantamiento de las sanciones comerciales al
fallecimiento de Fidel Castro. Creo que las sanciones
son un error, ya que le permiten a Castro echarle toda
la culpa de sus errores a Washington".
En esa ocasión, no le pregunté a Carter sobre el
Proyecto Varela, porque no sabía de su existencia.
Jennifer McCoy, la encargada de asuntos
latinoamericanos del Centro Carter, me dijo el
miércoles que Carter "está al tanto"" del proyecto de
referéndum, pero que el Centro Carter todavía no ha
decidido el contenido de la agenda de su viaje.
Mi conclusión: Castro ha invitado a Carter porque sabe
que, diga lo que diga Carter en La Habana sobre la
necesidad de respetar los derechos humanos, el titular
del día siguiente en todo el mundo será: "Ex
presidente de Estados Unidos pide el levantamiento del
embargo norteamericano durante visita a Cuba"".
Pero si Carter quiere asegurar su puesto en la
historia como el campeón de los derechos humanos -y no
convertirse en otro más de los tantos políticos
antiembargo que regresan de La Habana con un puñado de
prisioneros políticos- debería hablarle al pueblo
cubano sobre el Proyecto Varela.
Eso no cambiará los titulares del día siguiente, pero
podría lograr algo mucho más importante: darle un
importante empuje al valiente movimiento pro-derechos
humanos de la isla.