LA  RETORICA  DE  LA  GUERRA

La retórica con la que el presidente George Bush se ha referido a los atentados sufridos en las ciudades de Washington y Nueva York hacen sonar los tambores de la guerra. No podría suceder de otra manera luego de que considerarse como "actos de guerra" a los ataques terroristas recientemente producidos. ¿De qué modo interpretar si no su afirmación de que "estamos en una lucha monumental del bien contra el mal", o bien aquella que sostiene "estoy firme para ganar la guerra"?.

¿Estamos en realidad frente a una guerra no convencional a librar contra un "enemigo difuso"?. Según algunas opiniones, el terrible ataque a las Torres Gemelas y el Pentágono constituyen una nueva guerra mundial en la que un bando enemigo se enfrenta a los Estados Unidos y a la sociedad occidental. Es necesario destacar que para una guerra se necesitan dos o más bandos, los que deben poseer calidades de beligerancia relativamente similares y detentar una visibilidad apreciable. Nada de eso sucede en este caso.

Ahora bien. ¿Por qué encuadrar el conflicto desatado el martes en la categoría "guerra"?. Hacerlo permite personificar al agresor, estatizarlo, como si se trátase de una entidad con designios geopolíticos o geoestratégicos propios de un Estado. Sin embargo ese acto de reduccionismo reflejo no debe confundirnos. En la retórica de la guerra todo está permitido, hasta darla por un hecho consumado cuando, en realidad, ni siquiera ha sido declarada.

¿De no estar en presencia de una guerra, cómo conceptualizar lo sucedido?. Se trata de un atentado terrorista infame y ultrajante para la condición humana. Un siniestro de connotaciones verdaderamente dramáticas. Pero no se trata de una guerra. Y ni siquiera hoy se sabe a ciencia cierta quienes son los responsables. ¿Cómo y hacia quién, entonces, dirigir los actos de guerra que pretende el presidente de los Estados Unidos?.

Si se descarta la acción de un grupo interno, a la manera de Oklahoma, o de una secta fanática norteamericana, Washington deberá rastrear el origen de este cruel episodio en alguna de sus políticas exteriores. Detrás de la retórica del presidente Bush y de la acusación de que su país ha sido golpeado por enemigos de la democracia, deberá el gigante hegemónico profundizar su autocrítica en relación al rol que ha venido desplegando en la escena internacional durante décadas.

Y claro está, la construcción de un nuevo enemigo no hará sino empeorar las cosas y acrecentar el flujo de violencia que ya está rodando en su propio territorio. Proyectar hacia los miembros de una cultura, étnica, o religión, -tal como en este caso resulta ser el Islam-, las calidades malignas y demoníacas que se pretende, puede ser el comienzo de una operación de propaganda cuyos fines últimos conduzcan, quien sabe, al auténtico desencadenamiento de una violencia estatal no sólo ilegal, sino además, desmesurada.

Sabemos a esta altura que el lenguaje no juega un papel menor en este tipo de procesos. Por el contrario, por su intermedio se "congela" al grupo considerado como una amenaza. Se lo rebautiza con una nueva identidad de marcado carácter negativo y se lo engloba así dentro de una bolsa en la cual todos los miembros de esa cultura, étnia o religión pasan a ser exactamente lo mismo. Es decir, sirve para des-individualizarlos y hacerlos portadores de una "culpabilidad de origen".

No fue otro el procedimiento utilizado bajo el régimen Nacionalsocialista para con los judíos. Y ahora que la OTAN parece dispuesta a aplicar el artículo 5° del Tratado de Washington que autoriza la intervención colectiva, probablemente "per saltum" del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, es necesario más que nunca la prudencia y el apego a las normas que la comunidad internacional ha estructurado durante años, como consecuencia de palpables catástrofes humanitarias. Sobre todo, además, debido a que tras los telones de la guerra anidan siempre los lucros e intereses del complejo militar-armamentístico.

 

Todo lo vil y realmente lamentable que resultan las muertes y dolores ocurridos puede resignificarse y ser de utilidad futura si, en lo sucesivo, los Estados Unidos reconsiderase su comportamiento frecuentemente agresivo y sus expectativas predominantemente imperiales en la escena global. Es también la oportunidad, como sostiene Alain Touraine, para reflexionar sobre la vertiginosa concentración de poder y de beneficios por parte de algunos actores en desmedro de los demás, circunstancia que ya nos ha introducido en un mundo de violencia y movimientos autoritarios.

 

Es una buena ocasión, asimismo, para recordar las líneas directrices de la carta magna planetaria, cual es la Carta de las Naciones Unidas. Se establece allí la prohibición del uso de la fuerza y las exclusivas facultades atribuidas al Consejo de Seguridad para determinar "la existencia de toda amenaza a la paz, su quebrantamiento o acto de agresión". Su texto inclusive define y establece el alcance de la legítima defensa, cuyas cláusulas de ningún modo habilitan la vindicta y el uso arbitrario de la fuerza.

 

No se trata de aspiraciones de fácil realización, sobre todo cuando las imágenes de los atentados y el pesar de las víctimas no dejan de ser vistos y escuchados. Empero, sin comprometerse en una "guerra sucia" y sin por ello verse transformado en un Estado que hace del terror su política de represalias, los Estados Unidos pueden dar tras la tragedia una buena lección de auto control y confianza. Tanto respecto de sus instituciones locales, como del sistema de justicia internacional.

 

Dr. Martín Lozada

Profesor de Derecho Internacional - Universidad Fasta - Bariloche

mjudicial@bariloche.com.ar