La clave de la desigualdad de ingresos
Por Alan B. Krueger The New York Times
PRINCETON, Nueva Jersey. - Hace ya casi medio siglo,
Simon Kuznets, premio Nobel de Economía, predijo que
la desigualdad de ingresos seguiría, en el tiempo, una
pauta en forma de U invertida "ensanchándose en las
fases iniciales del crecimiento económico, cuando la
transición de la sociedad preindustrial a la
industrial fuera más rápida; estabilizándose por un
tiempo, y angostándose en las fases posteriores". Sin
embargo, los últimos estudios de actualización y
ampliación de esta obra clásica han invertido la curva
de Kuznets. Las disparidades en los ingresos no
parecen ajustarse a ninguna pauta automática. En
cambio, por lapsos prolongados, el grado de
desigualdad estaría determinado por la política social
y las normas, en especial los impuestos, tanto o más
que por las fuerzas económicas de la oferta y la
demanda. En Estados Unidos, la curva de Kuznets (la
tendencia de la desigualdad a lo largo del tiempo) es
más bien una U común. En Gran Bretaña y Francia, se
asemeja más a una L. Como señaló Gary Fields, de
Cornell: "La curva de Kuznets no es una ley, ni
siquiera una tendencia central. La pauta es la
inexistencia de una pauta". Thomas Piketty, de la
Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales, de
París, y Emmanuel Saez, de Harvard, le asestaron el
golpe más reciente. En su estudio Income Inequality in
the United States, 1913-1998 (disponible en
www.nber.org ) dan estimaciones del porcentaje de
ingresos totales que va a parar a los que más ganan.
Como Kuznets, calcularon la porción del ingreso total
individual ganada por los grupos con ingresos máximos
partiendo de los registros tributarios. Como a
principios de siglo sólo una parte de la población
debía pagar impuestos, computaron el ingreso total
recurriendo a otras fuentes. Descubrieron que la
porción derivada hacia el 10 por ciento más rico
(hablamos de familias) aumentó del 40 al 45 por ciento
en los años 20, se mantuvo cerca de ese nivel durante
toda la Depresión y cayó bruscamente al comienzo de la
intervención norteamericana en la Segunda Guerra
Mundial (44 por ciento en 1940, 32 por ciento en
1944). En el mismo lapso, la tajada del uno por ciento
más rico también descendió un tercio (del 16 al 11 por
ciento). Esta caída súbita de la desigualdad
contradice el proceso gradual de Kuznets, pero se
explica fácilmente: los controles de salarios
impuestos durante la guerra comprimieron las
remuneraciones. La distribución más equitativa,
surgida de los controles, persistió por treinta años,
hasta que la desigualdad empezó a repuntar hacia fines
de los 70. Esto resulta incomprensible. Si los
controles salariales comprimieron las fuerzas del
mercado, cabía esperar un repunte abrupto al
levantarse dichos controles. No lo hubo. En verdad,
las porciones del uno y el 0,1 por ciento más ricos
descendieron paulatinamente, a la deriva, durante
veinte años, para luego estabilizarse por unos diez
años y repuntar en los 80 y 90. ¿Por qué? Piketty y
Saez proponen esta explicación: fue difícil revertir
las nuevas pautas salariales establecidas durante la
guerra, aun cuando fuerzas competitivas empujaran en
la dirección opuesta. Por otro lado, descubrieron algo
totalmente imprevisto respecto de la composición del
ingreso recibido por los más ricos. Antes de los años
40, el grueso de sus ingresos provenía de rentas de
capital; ahora, su principal fuente de ingresos son
los sueldos. Por ejemplo: en 1916, el 0,01 por ciento
de las "unidades tributarias" más ricas obtenía el 70
por ciento de sus ingresos del capital; el 24 por
ciento, de sus negocios, y tan sólo el 6 por ciento,
de salarios. En 1998, éstos representaban el 45 por
ciento del ingreso del grupo más rico; los negocios,
el 33 por ciento, y las rentas de capital, el 22 por
ciento. La parte del ingreso nacional correspondiente
al capital se ha mantenido estable; por consiguiente,
este cambio debe implicar una mayor equidad en la
posesión del capital. Efecto acumulativo Piketty y
Saez atribuyen el viraje a la tributación progresiva
de las rentas de capital. En 1931, la tasa marginal
máxima era del 20 por ciento. Durante la Depresión, el
gobierno de Franklin D. Roosevelt la elevó
gradualmente hasta alcanzar el 91 por ciento en 1944,
para que la carga financiera de la guerra recayera más
en los ricos. Las tasas máximas se mantuvieron altas
hasta los años 80. Los autores hacen hincapié en que
gravar el capital produce un efecto acumulativo en los
ingresos más altos, por cuanto reduce el rendimiento
neto de la riqueza actual, que genera la futura. Así
pues, los ricos de hoy no difieren tanto, después de
todo, del resto de nosotros: ellos también trabajan
por un sueldo. Pero ganan mucho más. Según el Informe
Towers Perrin sobre Remuneración Total a Nivel
Mundial, en 2001, el ejecutivo máximo de una compañía
industrial con ventas por unos 500 millones de dólares
gana, en promedio, 1,9 millón de dólares anuales. Esta
temporada, un jugador del término medio de la
Asociación Nacional de Basquetbol ganará más de 4
millones de dólares y uno de la Liga Mayor de Béisbol
superará los 2,1 millones. En los años 80 y 90, tras
los ajustes inflacionarios, los sueldos de ejecutivos
máximos subieron a razón de un 6 por ciento anual, en
tanto que los de los jugadores de basquetbol y béisbol
treparon más de un 10 por ciento anual. Esta tendencia
ha sido tan fuerte en la cima que el uno por ciento
más rico entre los contribuyentes se llevó a casa el
94 por ciento del crecimiento del ingreso total
acaecido desde 1973. Las normas y las decisiones
políticas prevalecientes afectarían en particular a
los salarios más elevados. Ateniéndonos siempre a los
promedios de Towers Perrin, el sueldo del ejecutivo
máximo norteamericano triplica el de sus pares en
compañías británicas de pareja envergadura y
cuadruplica el de sus colegas franceses y alemanes. En
Estados Unidos, el sueldo de un ejecutivo máximo
equivale a 24 salarios de un obrero de la producción;
en Alemania, sólo a 8. Resulta difícil aducir que su
trabajo o las circunstancias económicas son tan
diferentes que justifican semejantes disparidades en
la paga. Además, Kevin Hallock, de la Universidad de
Illinois, descubrió que en Estados Unidos los
ejecutivos máximos de empresas con directorios que se
superponen ganan más, lo cual indica la importancia de
tener amigos. En cuanto a los atletas profesionales,
el rápido aumento de su paga se debe, en parte, a que
los subsidios públicos a estadios incrementan los
ingresos de los equipos, y el ingreso restringido
impide la competencia. Así pues, la clase de rentistas
cuya riqueza se basaba en el capital ha sido
reemplazada por ejecutivos, atletas y empresarios
independientes generosamente remunerados. Pero Saez
predice: "Si el impuesto estatal desaparece y se
reducen las tasas de ingresos máximos, más adelante
debería aparecer una nueva generación de rentistas".
(Traducción de Zoraida J. Valcárcel) Alan B. Krueger
es titular de la cátedra Bendheim de Economía y
Asuntos Públicos, en la Universidad de Princeton, y
director del Journal of Economic Perspectives .