ORIGENES ERRADOS DE UNA ECONOMIA

 A raíz de la última Cumbre de Presidentes Latinoamericanos y del Caribe que tuvo lugar en agosto último en Santiago de Chile, el escritor Carlos Alberto Montaner interroga la historia para entender el presente en su libro Las raíces torcidas de América Latina. Vale la pena rescatar alguno de sus conceptos.

           No hay duda que en América latina el gran debate económico de finales del siglo XX y principio del XXI gira en torno del deslinde entre las esferas pública y privada. No es una postura aislada, por el contrario, es común a todo el sur del continente. A título de ejemplo se pueden mencionar las recientes y sordas luchas sindicales en Costa Rica y Colombia para impedir la flexibilización del monopolio estatal de teléfonos y electricidad. Cosas parecidas han ido sucediendo desde hace años en Guatemala, en El Salvador, en Uruguay o en la Argentina y, en rigor de verdad, en toda América latina. Invariablemente, la idea subyacente establecía que los intereses de la sociedad siempre iban a estar mejor tutelados por el Estado que por los codiciosos capitalistas, contradictoria conclusión en sociedades que simultáneamente sostienen que el Estado es un pésimo, corrupto y dispendioso administrador.

           No hay en el universo latinoamericano demasiado aprecio por los empresarios triunfadores o los capitanes de la industria. Los millones que son indigentes y que se alimentan mal están convencidos de ser las víctimas de estos inescrupulosos millonarios.  La cosa no es tan así. Lo que generalmente funciona mal en América latina no son el mercado y la competencia, sino la ausencia de los mismos. Lo censurable es la colusión constante entre empresarios y gobiernos para la venta de influencias y la adjudicación tramposa de contratos públicos. Los empresarios latinoamericanos –con honorables excepciones, naturalmente- han descubierto desde hace siglos que el poder económico les da poder político y capacidad de intriga para continuar enriqueciéndose; mientras que los gobernantes –también con plausibles excepciones- saben que el poder político les da acceso al poder económico, lo que a su vez multiplica sus oportunidades de incrementar el poder político. Son dos corrupciones endémicas complementarias que se retroalimentan.

            Nunca han ganado más popularidad los gobiernos latinoamericanos que aquellos que han implementado políticas de nacionalización de los bienes privados. Por otra parte, las percepciones generales tampoco refuerzan la idea de la libertad económica. Si se le pregunta a un grupo de latinoamericanos si los precios deben depender del libre juego de la oferta y de la demanda, o si deben ser fijados por economistas justos, graduados en buenas universidades, la respuesta más frecuente apuntará a la segunda opción. Si la pregunta se refiere a los salarios de los trabajadores o al costo de los alquileres de las viviendas, la reacción será similar. La población, en general, espera que la “justicia” económica sea hecha desde afuera, por personas cargadas de buenas intenciones éticas y con poder suficiente para imponer su criterio, pero nunca como resultado del mercado o de acuerdos libremente pactados. La verdad es que la libertad económica no tiene muchos adeptos en la región, sus premisas resultan contrarias a la intuición popular.

Pero si algo resulta obvio es que en América latina las empresas nacionales, tanto públicas como privadas, producen poco, generalmente con muy baja calidad y escaso valor agregado y, en el caso de las públicas, con un desprecio total por los costes. En la mayoría de los casos los modos de distribución no suelen ser eficientes, la gerencia no dispone de instrumentos administrativos modernos, los sistemas bancarios no son fiables, la legislación que los regula es muy pobre y los controles inexistentes. Todo esto incide en el alto número de desocupados, en salarios bajos y penosas condiciones de trabajo. Asimismo, hay una falta crónica de capital, mientras una buena parte que podría estar disponible se “fuga” hacia otros países en los que existen reglas claras, mayores garantías legales y estabilidad monetaria.

            Para tratar de entender este divorcio tan agudo de la sociedad latinoamericana con el modelo económico de Occidente hay que ensayar una mirada histórica. Hay ideas centenarias, a veces milenarias, que quedan enquistadas en la memoria intelectual de los pueblos y acaban conformando creencias que estimulan actitudes y provocan comportamientos colectivos difíciles de revertir. Las ideas, aún las más antiguas, tienen consecuencias.