UN PAIS QUE PARECE CARECER DE DESTINO

 

Por Manuel Mora y Araujo

 

 

Un fracaso difícil de explicar

 

Explicar la crisis argentina requiere un esfuerzo prodigioso. La  expresión más escuchada en el mundo en estos días para referirse a los argentinos es: “lo tienen todo y no consiguen nada. Ellos mismos son los autores de su triste destino”. Hace cincuenta años se decía lo mismo.

 

Simon Kuznets y Paul Samuelson nos hicieron célebres. Kuznets, al comienzo de los años 50’, dijo que en el mundo había cuatro clases de países: los ricos, los pobres, Japón y la Argentina. (Tal vez su error fue poner a Japón y la Argentina en  categorías distintas). Samuelson, en los años 80, dijo que la Argentina a comienzos del siglo XX había sido paradigmáticamente el país del futuro, y que al promediar la segundo mitad del siglo era paradigmáticamente el país del fracaso. Agregó –es bueno recordarlo hoy- que su crisis no era económica sino una crisis del consenso social. Hace diez y ocho años, en 1983, algo pareció cambiar, y finalmente no cambió demasiado. Hace doce años, en 1989, algo comenzó a cambiar, pero fue efímero. Hace dos años, en 1999, también se esperaba mucho, y no pasó nada. En la Argentina todo lo bueno es perenne, todo lo malo es sempiterno.

 

Las teorías historicistas de los ciclos –ya sean ellos socioculturales o económicos- auguraban para la Argentina un buen destino hacia el comienzo del siglo XXI.  Carlos Mallmann en su estudio de los ciclos de larga duración, Jorge Avila en su aplicación de la teoría de la convergencia económica, ambos desde paradigmas muy disímiles, pronosticaban un desempeño exitoso para nuestra sociedad. Hasta ahora no ha ocurrido Parece que la Argentina, en su capacidad de fracasar, es más fuerte que su propio destino.

 

Hay dos explicaciones habituales del fracaso argentino que son insatisfactorias. Una recala en las personalidades de los dirigentes: un presidente supuestamente irresoluto, gobernadores supuestamente sin visión, políticos supuestamente con mentalidad parroquial. Esa explicación es insatisfactoria porque no ayuda a entender por qué la Argentina se ha dado, si tal fuera el caso, esos dirigentes. La otra explicación apunta en la misma dirección pero en el plano colectivo: algún atributo de la psicología de masas que lleva a nuestra sociedad a no generar liderazgos efectivos, imbuidos de visión estratégica y capacidad ejecutiva.

 

Una perspectiva estructural

 

Para salir de las explicaciones psicologistas –individuales o colectivas- hay que ir al plano estructural. Hay otra perspectiva posible en la línea de la hipótesis de Samuelson sobre la crisis del consenso social: la estructura social argentina genera  constituencies, bases sociales de expectativas y demandas, incapaces de sostener coaliciones de gobernabilidad. En esa perspectiva –como lo sostuvo hace más de treinta años un lúcido analista conservador, Julio Cueto Rúa- la Argentina padece de una fragmentación social excesiva. No hay combinatoria posible capaz de configurar coaliciones suficientes para gobernar.

 

En la Argentina de hoy la fragmentación de la sociedad se expresa en seis principales fracciones:

 

1.      Una clase alta sin proyecto de poder. Muchos de sus miembros no terminaron de procesar los cambios sociales de la segunda mitad del siglo XX; otros forman parte de las nuevas clases profesionales o empresarias cuya visión tiende a ser cortoplacistas, y cuyas ilusiones parecen estar más cerca de la prosperidad económica que del poder político. (Abarca aproximadamente un  5 % de la población).

 

2.      Una clase media competitiva sin proyecto político. Con alta educación, preparada para el mundo competitivo, pero sin compromiso con el manejo de los asuntos públicos. (30 %).

 

3.      Una clase media “progresista” sin liderazgo. También con alta educación, tal vez con mayor vocación política pero desconectada de la realidad de su sociedad. (10 %).

 

4.      Una clase trabajadora “corporativista”. Personas en empleos de clase media u obrera (docentes, estatales, trabajadores de la “vieja economía”) con escasas capacidades para el trabajo productivo, protegidas por privilegios corporativos, propensas a apoyar proyectos que defienden esos privilegios y obstaculizan todo cambio en dirección competitiva. (10 %).

 

5.      Una clase media y baja  no competitiva. Personas con baja educación y escasas capacidades, sometidas a  las duras reglas del mercado sin esperanza alguna de mejorar en la vida. Aunque parte de ellos están sindicalizados, esta condición no los protege de la “tiranía del mercado”. (25 %).

 

6.       Las clases pobres. Clases bajas sumergidas en la pobreza, carentes de oportunidades de movilidad social. Configuran un submundo, crecientemente alimentado por los que van cayendo de la clase media baja y por inmigrantes de países vecinos (20 %).

 

El grupo 1 –la clase alta- mantiene actitudes políticas conservadoras. Oscila entre apoyar a opciones políticas de centro derecha -siempre y cuando no alienten cambios estructurales demasiado profundos- o apoyar a opciones “progresistas” con la ilusión de que los cambios se desaceleren (con lo que a veces termina siendo la base social del “progresismo conservador”). A diferencia de lo que ocurre en otros países, este grupo no ofrece a la sociedad un liderazgo nacional.

 

El grupo 2 –la clase media competitiva- busca liderazgos conservadores modernos y sufre el recurrente fracaso de esa búsqueda. Su proyecto es un país del primer mundo. Carece de opciones políticas propias. Para su sorpresa, descubrió en Menem una alternativa eventual; después votó a De la Rúa con poca convicción, asustada por la perspectiva de un triunfo de Duhalde; confió en Cavallo y trató vanamente de hacer de él su líder; recientemente se orientó al voto negativo (blanco, nulo) como forma de protesta.

 

El grupo 3 –la clase media progresista- carece de liderazgo. El duro golpe de la subversión aplacó su entusiasmo por la política, pero con los años éste vuelve a renacer. Sufrió sucesivas decepciones con Fernández Meijide, Chacho Alvarez, Lilita Carrió.

 

El grupo 4 reposa en la capacidad de la dirigencia sindical –ya sea la más conservadora, ya la más combativa- para defender sus privilegios corporativos.

 

El grupo 5 tradicionalmente se ha sentido representado por los partidos tradicionales –UCR, PJ-. La recesión que lo empuja hacia abajo lo torna ahora también proclive a las ofertas populistas, ya vengan con envoltorio de izquierda o de derecha.

 

El grupo 6 es peronista o no es nada. Constituye la base incólume del peronismo.

 

Toda la sociedad, desde los más afluentes hasta los más pobres, vienen de varias generaciones que experimentaron, en los hechos o en sus ilusiones, una vida más próspera. Todavía no acabaron de procesar la nueva realidad: una sociedad de pobrísimo desempeño, que fuerza a todos a bajar sus expectativas y sus niveles de vida.

 

Las raíces sociales de la  política

 

Estos segmentos sociales pueden combinarse para conformar coaliciones de gobernabilidad en momentos de profundas crisis, pero tan pronto las crisis son superadas las coaliciones pierden cohesión y dejan a los gobiernos en la soledad del desierto. Así fue con Alfonsín y después con Menem; con De la Rúa el ciclo fue aun más rápido, porque ni siquiera tuvo tiempo para producir alguna solución a los problemas que le planteaba la agenda social del momento.

 

El problema de De la Rúa se debió en gran medida al quiebre de la coalición entre la UCR y el Frepaso, debido a que la Alianza carecía de una agenda consensuada: la UCR buscaba un gobierno de equilibrios y consolidación de las instituciones, mientras el Frepaso buscaba cambios en el ámbito de las instituciones y  de la corrupción. No fue así con  Alfonsín y Menem  quienes habían llegado al gobierno a través de coaliciones implícitas, no de alianzas formales, y por tanto sufrieron menos presiones de parte de quienes los habían votado.

 

Alfonsín buscó sustentar su esquema de gobernabilidad en una coalición entre la clase media “progresista” y la clase media no competitiva (grupo3 y grupo 5), unidas por su común desdén al valor de la productividad. Pudo ganar gracias a las clases alta y media (grupos 1 y 2), a quienes nada prometió pero cuyo voto obtuvo. Alcanzó algunos logros importantes, pero en el balance pesaron más los sucesivos contrastes que sufrió: una derrota en el tema de la educación, la necesidad de un cambio de política económica para enfrentar la creciente inflación (política que, además de contrariar a algunas de sus bases sociales, fracasó) y la necesidad de conciliar primero con los militares insurgentes y después con los sindicalistas. Defraudó a todos. Pero salió del gobierno dejando una democracia consolidada.

 

Menem buscó el liderazgo a partir de la demanda acuciante de combatir la hiperinflación. En eso fue un político innovador y audaz: buscó acumular poder político a partir de bases sociales distintas a las que le eran naturales; y lo logró. Pudo conformar una coalición muy amplia, con el apoyo de la clase media competitiva y el respaldo electoral de las clases bajas (su intuición lo llevó a comprender que el tema de la inflación unía a esos dos grupos sociales). Resuelto el problema inflacionario, defraudó a la base social de clase media, y debido a que no pudo sostener un proceso de crecimiento económico autosustentado perdió también otros apoyos. Salió del gobierno dejando una economía estabilizada y modernizada, pero agobiada por el gasto público.

 

De la Rúa triunfó con el respaldo de las clases medias –tanto la competitiva como la no competitiva, y también la “progresista” gracias a la Alianza que incluía al Frepaso y satisfacía al ala izquierda de su propio partido- y obtuvo asimismo el respaldo de la clase alta. Subió impulsado por distintas corrientes de demandas: los que buscaban profundizar los cambios económicos de Menem, los que buscaban desacelerarlos, los que buscaban cambios institucionales. Trató de satisfacer a todos, y muy pronto consiguió dejar descontentos a todos.

 

Al cabo de dos años, el gobierno de De la Rúa parece carecer de capacidad de liderazgo y la oposición se muestra fragmentada: el peronismo también carece de liderazgo, la izquierda está dividida, la derecha desarticulada y sin programa. La Argentina es como una persona enferma  a quien nadie protege y que por sí misma nada puede.

 

La sociedad se encuentra sumida en un profundo escepticismo. Siente que toda su dirigencia ha fracasado, incapaz de encontrar respuestas viables a los innumerables problemas que la agobian: recesión prolongadísima, pérdida del crédito externo, seguridad cada día peor, educación y salud en declinación, reformas políticas anunciadas y nunca concretadas.

 

El mundo se muestra cansado de cuidar a este enfermo y ha decidido dejar que se cuide solo. Se preocupará en todo caso de proteger al entorno del contagio del enfermo.

 

Los escenarios posibles

 

¿Cómo podría este enfermo desvalido recuperar alguna capacidad de crecimiento autosostenido? ¿Qué debe ocurrir para que emerjan dentro suyo nuevas fuerzas vitales?

 

Hay varios caminos posibles. Uno se encuadra en el paradigma del “anarco capitalismo”: la sociedad, sin gobierno, encuentra por si sóla la fórmula para despegar, a la manera de las imágenes de aquel “far west” sin ley y sin moral donde finalmente emergía un orden social. Otro camino se encuadra en el paradigma de los liderazgos que reconstituyen, ante todo, un orden político legítimo, y a partir de él un orden económico y social viable.

 

El primer camino es una apuesta incierta, que reposa en teorías controvertibles, poco confirmadas por la historia aunque muy atractivas para guiones de cine y elucubraciones intelectuales. Puede o no darse, pero que eso ocurra parece absolutamente contingente, algo ajeno a cualquier proyecto estratégico. Es el camino de la sociedad sin poder político, librada a sus propias fuerzas o a  las fuerzas que mueven al mundo.

 

El segundo camino requiere, sin duda, tanto un proyecto como las personalidades para el liderazgo. Personas que aspiran al liderazgo las hay,  pero hay dudas de que estén dotadas de atributos suficientes. Se requiere, además, encontrar una fórmula para reconstituir coaliciones de gobernabilidad suficientes.

 

En este segundo camino hay dos proyectos posibles: (1) el del salto a la competitividad, o (2) el de la sociedad cerrada en sí misma para proteger a los no competitivos. En cualquiera de las dos variantes, este segundo camino –el de la reconstitución del poder político- es inconcebible sin estrategias de conflicto, donde una parte de la sociedad se impone a otra. Los liderazgos imprescindibles deberán, por lo tanto, estar imbuidos de tales estrategias, preparados para liderar una sociedad que no dormirá en paz por un buen tiempo.

 

Lo peor es posible

 

Si la sociedad no acierta a encontrar la entrada a alguno de esos dos caminos –el de la anarquía creativa o el de la reconstitución del poder político- puede terminar en manos de quienes sólo apuestan a la destrucción de todo orden para construir algo distinto sobre las cenizas. La Argentina ya intentó esa vía hace algunas décadas, y pagó muy caro el desacierto. No está dicho que no la intente una vez más; tampoco está dicho que, una vez más, el precio no sea sangriento.

 

El drama es que un país que carece de destino porque no acierta a descubrir cual es el destino que desea darse a sí mismo está muy expuesto a que el menor fuego produzca incendios devastadores. Está demasiado abierto a incursionistas furtivos, capaces de acciones impredecibles. La última protección con la que puede contar la Argentina del año 2001 es el mundo externo, y el mundo, una vez más, se siente cansado de ocuparse de ella.  La mayor salvaguardia, hasta hoy, se encuentra en la sociedad misma, en su instinto de conservación, en su extraordinaria prudencia colectiva. Es imposible dejar de preguntarse cuán cerca estarán los límites de esta paciencia providencial de los argentinos de hoy.