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  ITALY-NEWS - INFORMES ESPECIALOS  





HISTORIAS DE VIEJOS EMIGRADOS ITALIANOS


Por mi trabajo he conocido muchas historias de viejos emigrados italianos para los cuales la conquista de América no fue tal. Hasta el día en el que comencé a trabajar en la Oficina de Asistencia del Consulado General de Italia de Buenos Aires, no había sospechado siquiera que en la Argentina hubiera tantos italianos en situación de emergencia económica y sanitaria. Los casos más graves que recibimos, casi de total indigencia y abandono, presentados por los interesados o a través de denuncias de vecinos piadosos, se refieren a hombres y mujeres de una cierta edad (entre los 55 y los 70 años) solteros. A qué se debe esto, generalmente?


Los hombres habían trabajado duro y ganado bien, pero, no teniendo familia y una esposa que es la que exige seguridad y que piensa en el futuro, habían vivido cómodamente, sin pensar en el mañana. Pensar en el mañana quiere decir tener casa propia, pagar las tasas correspondientes para la jubilación, tener algún ahorro por las dudas. En el momento en que los golpeó la desgracia, en la forma de una enfermedad o de un vicio difícil de combatir y que lleva a la degradación, se encontraron sin medios para enfrentarla. En el caso de las mujeres, también sin familia, en la mayor parte de ellos se trató de personas que se encontraron en la indigencia debido a una disminución de sus facultades mentales. En este momento del relato debo decir que el trabajo realizado por nosotros, los Asistentes Sociales del Consulado, empleados locales, ha sido siempre muy importante y necesario, pero no siempre debidamente reconocido. A principio de los años 90 pudimos trabajar muy bien porque contábamos con el completo apoyo del Cónsul de ese momento, el Dr. Cesare Capitani. Años después no fue la misma cosa. Tan necesario porque justamente por aquellos años empezó la fuerte decadencia económica del Estado Argentino y las personas necesitadas de este país perdieron la posibilidad de pedir asistencia social al gobierno. Por suerte eran italianos y el consulado pudo ocuparse de ellos. A modo de ejemplo de lo que quiero decir, contaré dos casos, terribles, de un hombre y de una mujer, no haciendo nombres, naturalmente. Un día de invierno, llegó a la oficina una persona para informar que un italiano estaba viviendo en medio del campo, lejos de todos, dentro de una cúpula rescatada de una vieja camioneta. Digamos, para dar una idea, como adentro de una cueva como un animal del bosque. Este hombre, sin familia, de 68 años, tenía una fea herida en una pierna que si no era atendida con rapidez, le haría perder esa pierna, y si pasaba más tiempo lo mataría. No tenía casa, ni medios, ni jubilación, y tampoco la posibilidad de tenerla. Viendo la gravedad del caso, se inició rápidamente un expediente y yo misma, con la ayuda de mi marido, lo llevé en mi auto al Hospital Italiano para que recibiera la asistencia médica gratuita dada por el Hospital, a través de un convenio, a los casos presentados por el Consulado. En médico tratante presentó un informe explicando que la herida era grave y que requería de un cierto tiempo para sanar, por lo tanto, luego de algunos días, lo hicimos internar en el Hogar de Ancianos de San Justo, dependiente del Hospital Italiano. Cuando su pierna curó, lo tomaron como jardinero y se quedó allí definitivamente contento de haber encontrado por fin una finalidad para vivir un lugar en la sociedad. El caso de la mujer nos fue informado por ella misma porque, si bien tenía las facultades mentales disminuidas, en el sentido de no poder atender por sí sola a su sustento, tenía momentos de grande lucidez en los que se daba cuenta de su precaria situación. Cuando fui a visitarla me enteré que se encontraba completamente sola en la Argentina, tenía familia compuesta por hermanos, hermanas y sobrinos, pero todos se habían quedado en Italia. Estaba viviendo en una casa abandonada, sin servicios, que pertenecía a su viejo dador de trabajo y que ahora le estaba pidiendo que se fuera porque la iba a vender. La primera cosa que intenté fue de internarla en el Hogar de Ancianos del Hospital Italiano. No fue fácil convencer a las autoridades puesto que las vacantes sin cargo son pocas, pero lo conseguimos. Pero el problema fue convencerla a ella. Las personas solas generalmente no quieren perder su libertad, aún a cambio de una ubicación y una asistencia convenientes.


No fue posible. Un día la convencí de ir a ver el lugar. Hicimos un pacto: íbamos a ver y si no le gustaba, yo la habría traído de nuevo a su casa. Más ella no me creyó, pensó que yo quería engañarla y, por la desesperación, trató de tirarse del auto en movimiento. Qué hacer? Ciertamente no podía quedarse allí donde estaba. El frío, la suciedad, la falta de una alimentación adecuada, la habrían matado. Entonces nos pusimos en contacto con la familia en Italia. Si un hermano o una hermana aceptaba hacerse cargo de ella, el Consulado se habría ocupado de repatriarla. La familia aceptó, pero ella tenía mucho miedo y no era posible convencerla. Finalmente se obtuvo la repatriación, la ayudamos a prepararse, física y psicológicamente, y partió. Tiempo después fuimos informados de que se encontraba bien y que, asistida por su familia, finalmente era feliz. Historias como éstas hay muchas. En nuestro próximo encuentro me referiré a otras, menos graves, y a algunos casos de italianos que, encontrándose de paso por la Argentina, también necesitaron nuestra ayuda.


LIC. AURORA FIORENTINI- BARILOCHE - ARGENTINA


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